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ALEPH ZERO 47. Enero - Marzo,
2008
LAS METÁFORAS CUERPO EN LA FILOSOFÍA DE
JEAN-LUC NANCY;
Nueva carne, cuerpo sin órganos y
escatología de la enfermedad.

Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Pontificia
Universidad Católica de Valparaíso - Universidad Complutense de Madrid.

Resumen:
Se indaga el pensamiento de
Jean-Luc Nancy en torno al cuerpo, en particular su tesis de que no tenemos
un cuerpo, sino que -más bien- lo somos, para luego del sujeto como
exterioridad y exposición infinita, como cuerpo volcado hacia fuera. Se propone una discusión en torno al
estatuto ontológico y epistémico del cuerpo y las prácticas médicas
asociadas a las experiencias traumáticas y límites del mismo, con
particular atención al trasplante, donde se ausculta el debate entre quienes pretenden ver en este
una aventura metafísica y quienes lo conciben como una proeza técnica,
donde no sólo conforman nuevas formas de subjetividad, sino también una
'nueva carne”. Así en las las fronteras entre lo natural y lo artificial
surge la posibilidad pensar en un cuerpo
fragmentado, en un cuerpo cuyos órganos se hayan emancipado, en lo que
Deleuze y Guattari llamaron un Cuerpo Sin Órganos.
Palabras Clave:
Cuerpo, organismo,
filosofía, enfermedad, iatrofilosofía,
órgano, trasplante,
diferencia, escritura, alteridad, muerte.
1.- Corpus;
La Filosofía del cuerpo de Jean-Luc Nancy.
En su obra Corpus publicado en Francia
en 1992, Jean Luc Nancy desarrolla su
Filosofía del cuerpo. Aquí ensaya
eliminar toda distancia entre la escritura y el sujeto -que se inscribe en
ella-, desarrollando para estos fines los necesarios neologismos propios de
toda nueva ontología, en este caso una ontología del cuerpo.
“El cuerpo ya
no es el obstáculo que separa al pensamiento de sí mismo”. Esta afirmación de
Deleuze reinstala al cuerpo en el dominio del pensamiento. Su capacidad de metamorfosis y de
vértigos nos fuerza a interrogar su régimen de signos y valores tanto en el
terreno estético-artístico como en el médico-antropológico. La Danza-Teatro y el psicodrama
analítico -como estrategias de puesta en escena del cuerpo- pondrán en cuestión los automatismos
psíquicos y sociales más comunes. Siendo de este modo las pulsiones del
cuerpo, sus vibraciones, su anatomía como destino y su morfo-fisiología las
condiciones de posibilidad de los gestos, los que nos imprimen y dotan no
sólo de una posición ética, sino también –y fundamentalmente– estética en
la constitución de nuestra subjetividad. El vigor, la elegancia, el
heroísmo o el júbilo no sólo responden a un talante ético, sino que
originariamente son imágenes estéticas que proveen los cuerpos. El cuerpo
así pensado se afirma como comportamiento y gesto, como ethos y pathos.
El cuerpo es para Jean-Luc Nancy una certidumbre
confundida, hecha astillas. El cuerpo es un producto tardío, una
decantación de Occidente en la que aparece lo desastroso como nuestra angustia puesta
al desnudo.
En las
representaciones del cuerpo
del siglo XX
es particularmente interesante la visión siniestra de lo orgánico
que transmiten algunos autores en sus obras. Sin duda fueron de gran
influencia en este sentido George Bataille, Artaud, Hans Bellmer y
sus inquietantes muñecas, junto a
manifestaciones más recientes como
los sacrificios animales de Wols, o
las automutilaciones de Günter
Brus, etc. Estas representaciones extremas de la
corporalidad quieren contradecir el arquetipo generado por los medios de
comunicación del ideal excluyente del cuerpo sano y joven, el cuerpo
narcisista, y reivindicar esa parte maldita sometida a la temporalidad, al
dolor, y en último extremo a la muerte.
En nuestra
cultura se privilegia el sentido de la vista, mientras que la aproximación
olfativa, táctil y acústica -los olores, las texturas y los sonidos- están
totalmente proscritos. Lo que ha ocurrido es que
la sociedad occidental ha
privilegiado la distancia física y la mirada por encima
de cualquier otro sentido, hasta tal
punto que nuestras
experiencias corporales están
reducidas, en la mayoría de los casos al sentido de la vista.
En la negación
de los otros sentidos parece latir el deseo de olvidar el cuerpo como algo
perecedero y precario, que sólo aparece
en momentos límite
de dolor, placer,
sexualidad, fatiga, heridas, como las performances de Beuys, etc.
Desde que Rodin iniciara un modo de representación "tortuosa" del
cuerpo con su obra “El hombre de la nariz rota” de 1864 donde por primera
vez desaparece la experiencia de la representación del cuerpo como unidad,
la complejización de la representación del cuerpo no ha hecho más que
acentuarse. A partir de esta obra comienzan a aparecer representaciones parciales, órganos
separados, sobre todo sexuales, que posteriormente Deleuze y Guattari llamarán
máquinas deseantes. Este
proceso de descomposición y
fragmentación del cuerpo se hará más radical en autores como Nauman,
Sherman y Gober que en los años 80 y 90 se verán afectados por la realidad
del SIDA que incidirá en la idea del cuerpo precario, fragmentario,
sometido a la temporalidad y la decrepitud.
En su obra Nancy recorre precisamente este cuerpo,
en su morfología y organización,
esto es, como una suma, como un corpus. Ahora bien,
esta descripción del conjunto de manifestaciones del cuerpo se sustrae de
las imágenes y el discurso del organismo desde los cuales ha sido explicado
siempre –constituyéndose así en un contra-discurso, esto es, en una crítica
literaria-epistemológica. Este modo de hacer hablar al cuerpo lo sustrae
del horizonte bio–teleológico del organismo para entregarlo al horizonte del
acontecimiento, lo cual implica dejar de pensar en un cuerpo organizado
sobre la base de una finalidad separada de sí mismo, ya sea que le
trascienda o le anteceda. Ya no se
podrá hablar de finalidades en
función de un cuerpo post–orgánico o in–orgánico que se encuentra
direccionado a un fin trascendente, sino que lo que acontece, sucede como
evento determinado en sí mismo. El cuerpo es un objeto dado a un
pensamiento finito. De allí la afirmación fundamental de
Nancy: “no tenemos un cuerpo,
sino que somos un cuerpo”[9].
La eclosión de las nuevas tecnologías no sólo está
conformando nuevas formas de subjetividad, sino también, y esto es lo más
provocador, una 'nueva carne'. El cuerpo ha dejado de ser algo natural.
Proliferan los implantes y los injertos en una rediseño paroxista del
cuerpo humano, sometido ya no sólo a la auscultación, sino a su
hibridación, fragmentación e incluso a su vaciamiento.
El cuerpo ha dejado de ser natural, ingiere
alimentos elaborados agrotecnológicamente; se somete a trasplantes, recibe prótesis diseñadas para servirle
de extensión.
La morfología y la anatomía se encuentran en la mesa de disección de la biotectología, que trabaja a partir de la
fatiga del material humano, de la deriva identitaria de los cuerpos. El
hombre que ha dejado de ser humano, para adentrarse en una condición
pos-humana, el trasplantado, el cyborg, el androide -con referencias a la
cópula animal-máquina. O tal vez se trate de máquinas célibes. De injertos,
prótesis e implantes en las fronteras entre lo natural y lo artificial.
Operando desde las imágenes la desestabilización
del cuerpo como un híbrido difícil de precisar, estas operaciones teóricas
-por momentos turbadoras- develan al sujeto contemporáneo en su radical
alteridad, en el límite de no ser ya él mismo, de estar ya desposeído de sí, sin intimidad posible,
totalmente expuesto en la sociedad del espectáculo, volcado hacia las
formas de la exterioridad.
La reflexión sobre el cuerpo es así una clave
hermenéutica para leer el momento posthumano[10]. El tema del cuerpo nos conduce a posiciones filosóficas, artísticas[11],
científicas y tecnológicas encontradas, donde intentan prevalecer intereses
económicos asociados a la nueva industria de la ingeniería genética y las
prácticas biotecnológicas a ella asociadas. El uso y abuso de la imagen del
cuerpo en la publicidad, el arte, la prensa
y el cine de anticipación aumenta nuestro desasosiego ante un cuerpo
humano que sabemos en constante reestructuración y
re-diseño, escindido ente lo
natural y lo artificial.
El cuerpo pierde así sus dimensiones, su capacidad
representativa para acoplarse indiferenciadamente con nuevas máquinas y
nuevas sustancias (psicotrópicas)
transformándose en un híbrido biológico-químico. Dando paso a la
posibilidad de pensar en un cuerpo fragmentado, en un cuerpo cuyos órganos
se hayan emancipado, en lo que Deleuze y Guattari llamaron un Cuerpo Sin
Órganos.
Para Deleuze y Guattari no es posible acceder al cuerpo sin Órganos, él es un límite. Sin embargo él ya se avizora -ya
nos asomamos- y -de algún modo- ya estamos en él.
El cuerpo sin Órganos está en marcha: los órganos
destruidos en el cuerpo hipocondríaco; los órganos atacados por influjos,
pero también reconstituidos por energías exteriores en el cuerpo paranoico;
la lucha interior activa librada contra los órganos, y que acaba en la
catatonia, en el cuerpo esquizofrénico; podemos así visualizarlo proyectivamente
arrastrándose todavía amorfo, “tanteando como un ciego o corriendo como un
loco, viajero del desierto y nómada de la estepa. En él dormimos, velamos,
combatimos, vencemos y somos vencidos, buscamos nuestro sitio, conocemos
nuestras dichas más inauditas y
nuestras más fabulosas caídas, penetramos y somos penetrados, amamos”[13].
El cuerpo sin órganos es así un conjunto de
prácticas para lograr desprenderse del cuerpo. El cuerpo sin órganos sólo puede
estar poblado por intensidades de dolor.
Sólo las intensidades pasan y circulan.
La verdad del sujeto es su exterioridad y su
excesividad: su exposición infinita, el cuerpo volcado hacia fuera. De esto
se desprende una iatrofilosofía: No hay enfermedades o, si se quiere, no
tenemos enfermedades, lo que hay son enfermos. “Soy la enfermedad y la
medicina, soy la célula cancerosa y el órgano trasplantado, soy los agentes
inmunodepresores y sus paliativos, soy los ganchos de hilo de acero que me
sostienen el esternón y soy ese sitio de inyección cosido permanentemente
bajo la clavícula, así como ya era, por otra parte, esos clavos en la
cadera y esa placa en la ingle”[15].
Aquí se puede advertir que esta idea gravita
alrededor del discurso de Derrida sobre la Diferencia: la diferencia entre el pensamiento y el cuerpo,
entre forma y contenido. Aquí Corpus expone un concepto de cuerpo que se contrapone a
la concepción platónica del cuerpo como cárcel o receptáculo del alma. La idea e imagen de un contenedor da paso a una metáfora de la deconstrucción
orgánica -en este caso del texto, a través de la cual Nancy no quiere
escribir del o sobre el cuerpo, sino quiere escribir e inscribir el cuerpo. Escribir el cuerpo significa hacer inscripciones sobre
él, tocarlo y esculpirlo con el pensamiento, desarrollar una somato-grafía,
para hacer que el cuerpo mismo sea leído.
“Hay, en conclusión, casi una promesa de callar. Y no tanto de callar
a propósito del cuerpo, sino más bien de callar al cuerpo, sustrayéndolo
materialmente a las improntas significantes, aquí, directamente, en la
pagina escrita y leída”[16]. Es una
tentativa de comunicar el cuerpo sin significarlo, de plasmar el texto
siguiendo las formas de la carne. La escritura apropiada del cuerpo se
posiciona sobre el límite que separa el pensamiento desde el cuerpo, del
cual el lenguaje toca su indecible alteridad. Más que en la escritura, en
su límite: “La escritura tiene su lugar en el limite (…). A la escritura le
corresponde sólo tocar al cuerpo con lo incorpóreo del sentido y de
convertir, entonces, lo incorpóreo en tocante y el sentido en un toque (…).
La escritura llega a los cuerpos según el límite absoluto que separa el
sentido de ella, de la piel y los nervios de ellos. Nada pasa, y es
exactamente allí que se toca”[17].
La escritura apropiada del cuerpo se posiciona
sobre el límite que separa el pensamiento desde el cuerpo, del cual el
lenguaje toca su indecible alteridad. Más que en la escritura, en su
límite, en su punto extremo, en la extremidad de la escritura. “La escritura tiene
su lugar en el limite (...). A la escritura le corresponde sólo tocar al
cuerpo con lo incorpóreo del sentido y de convertir, entonces, lo
incorpóreo en tocante y el sentido en un toque (...). La escritura llega a
los cuerpos según el límite absoluto que separa el sentido de ella, de la
piel y los nervios de ellos. Nada pasa, y es exactamente allí que se toca”.
El cuerpo es un límite porque este es aquella zona
neutra en la cual lo conocido desemboca en lo otro respecto de sí. La línea
de separación es el único lugar desde el cual el lenguaje toca lo
indescriptible, y desde el cual el pensamiento puede, en una intuición
fugaz, tocar el cuerpo, dejándolo en lo que es, pura alteridad.
Ahora bien, desde otra perspectiva puede -además-
señalarse siguiendo a Nancy que el ser de los sentidos, esto es, del cuerpo volcado hacia fuera, no
sería otro que el de la noción misma [en sentido puro] de “sentido” en
tanto dirección sexual del cuerpo hacia el otro inalcanzable. De ahí que el
sentido no pueda quedar jamás concluido o clausurado sobre sí mismo y que
la pregunta por el sentido, de la vida o de cualquier ente o ser se
inscriba en la dura corporalidad y en la relación sin relación de la
diferencia sexual o de la preposición “con” que separa a los que se tocan.
La pregunta filosófica por el sentido sería un gesto de aproximación hacia
la distancia intransitable, excesiva que evidencia la misma separación que
trata de cruzar y homenajear la caricia de otro cuerpo. Por eso escribe
quizá Nancy en El olvido de la filosofía[20]: “Nosotros somos el sentido”. Explicando allí
cómo el reino del significar, con su consustancial síntesis de lo
inteligible y lo sensible funcionando en toda la historia de Occidente, ha
llegado a su agotamiento; hoy el sentido salta sobre la clausura del
significar y sitúa al pensamiento en el límite de un sentido sin
significado. En Corpus la
experiencia del sentido y de la libertad se escribe con el cuerpo o, más
bien habría que decir, el cuerpo es la libertad desencadenándose,
escribiéndose en tanto se entrega a lo que disemina desde fuera su
identidad. El “proyecto” de una búsqueda de un nuevo pensamiento de la
libertad[21], que
respetara la libertad hasta el punto de sustraer su pensamiento o su acción
a toda idea, puesto que la idea es el modelo de la identidad inmutable, se
reactiva quizá de un modo novedoso en esta filosofía del cuerpo y del ser
como comunicación.
La idea de cuerpo que surge es esa de lugar de
abertura del ser, lugar de existencia. El lugar es un espacio abierto,
indefinido, a–céfalo y a–fálico, a– estructural, que recibe la propia
estructura por el pensamiento que cada vez lo piensa. La característica de
un cuerpo es el de ser una exterioridad no pensable en sí misma, ni
pensante, una alteridad que pesa fuera del pensamiento y que lo fuerza a
calibrar alrededor de sí misma el propio movimiento, porque más allá de él
no hay nada. Así como la piel que nos recubre es el umbral en el cual
sucede nuestra exposición al exterior, sobre el cual se conectan y se
cruzan las diferentes “estesias”, por medio de las cuales nos tocamos y
entramos en contacto. El cuerpo es el ser aquí y ahora, es la exposición de
la existencia, la superficie. Cada zona del cuerpo tiene en sí misma el
valor de lugar de exposición del ser, sin algún telos extrínseco. El cuerpo es la exposición finita de
la existencia que en eso se vuelve evidencia. Si para Descartes la verdad
del pensamiento es la única clara y distinta, para Nancy la única verdad es
la evidencia sensible aquí y ahora de este cuerpo, de esta materia, sin
jerarquías, en cada uno de sus lugares.
El conocimiento del, y por medio del, cuerpo nunca
es total y absoluto, sino modal y fragmentado, y la forma del discurso que
mejor lleva tal saber es la de un Corpus, justamente, una cartografía, una
elenco de las zonas del cuerpo que ofrece un conjunto de acercamientos
ecuos, mostrando todo lo que puede ser para nuestra exploración sin programa
ni prejuicio. Lo que importa en Corpus no es el todo orgánico, sino las partes constitutivas y sus
posibles, en cuanto múltiples, relaciones. Fragmentación, suspensión e
interrupción, devienen en importantes características de dicho texto,
porque cada parte tiene el mismo valor, y es un lugar de venida a la
presencia del cuerpo, y por consecuencia del ser.
2.- Metáforas y escatología de la enfermedad;
Autotrasplante.
Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la
desesperación
Las palabras que usamos para designar esas
cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada
espera la muerte a sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los
médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus
usurarios,
la mezquinan, la dosifican, la domestican,
la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda
devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen
de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las
cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas.
Enrique
Lihn, Diario de Muerte
- Muchas de las pestes y enfermedades que
diezmaban a grandes porciones de la población mundial han sido controladas,
otras tantas comienzan a surgir. Al mutar nuestro entorno, al modificarse
nuestros modos de vida y -como resultado- nuestros propios cuerpos, nos
enfrentamos a nuevos e inesperados males, los que se ciernen sigilosos
desde la zona muda.
No es absurdo suponer que el exterminio del hombre
comienza con el exterminio de sus gérmenes. Tal como es, con sus
humores, sus pasiones, su sexo, sus fluidos y secreciones, el propio hombre
no es más que un sucio y pequeño germen, un virus irracional y aleatorio
que altera y pone a su mundo en estado de alerta permanente. La posibilidad
de la avería, la latente potencia viral, epidémica y virulenta generan
nuestras prótesis protectoras, nuestras fantasías genéticas como sistemas
de defensa inmunológicos.
La muerte, tal como la describe Jean- Luc Nancy, es la devoradora que asoma su peor faz en esa bestia
tufosa que llamamos cáncer:
un linfoma del que nunca habíamos notado más que su eventualidad, señalada
en el prospecto de la ciclosporina.
Un intruso cuya irrupción obedece a alguna baja inmunitaria o la locura expansiva
de alguna célula. El cáncer es el rostro estragado del intruso. Extraño a
nosotros mismos en el nos enajenamos
y esto con independencia a la naturaleza exógena o endógena de los
fenómenos cancerosos. La imaginación
resulta inútil para todas las posibilidades que alberga este trance, todas
nuestras maneras de referirnos a él están viciadas.
El tratamiento exige una intrusión violenta.
Incorpora invasivas quimio y radioterapias. Al mismo tiempo que el linfoma roe el cuerpo y lo agota, los tratamientos lo atacan y lo
debilitan. Aun la morfina, que calma los dolores, provoca otro sufrimiento:
el embrutecimiento y el extravío.
El tratamiento más elaborado se denomina
“autotrasplante” (o “trasplante de células madre”): después de haber vuelto
a activar la producción linfocitaria por medio de “factores de
crecimiento”, durante cinco días seguidos extrae glóbulos blancos (se hace
circular toda la sangre fuera del cuerpo y los extraen mientras esta
circula). Los congelan. Luego el paciente es puesto en una cámara estéril
durante tres semanas donde le aplican una fuerte quimioterapia, que deprime
la producción de la médula antes de reactivarla mediante el reimplante de
las células madre congeladas (sobrevuela un extraño olor a ajo durante este
procedimiento...). La baja inmunitaria llega a niveles extremos y genera
fuertes fiebres, micosis, trastornos en serie, antes de que la producción
de linfocitos se recupere. Aquí, en El intruso este raro
ensayo de extracción netamente autobiográfica, Jean-Luc Nancy cuenta y
analiza su propio trasplante de corazón. Más allá de las previsibles
preguntas sobre la técnica y su relación con el hombre, Nancy no sólo se
permite el uso robusto de la primera persona, sino que no evita formas
cursis. “Un corazón que late a medias es sólo a medias mi corazón”, escribe
en un momento.
Se sale desorientado de la aventura. Uno ya
no se reconoce: pero “reconocer” no tiene ahora sentido. Uno no tarda en
ser una mera fluctuación, una suspensión de ajenidad entre
estados mal identificados, dolores, impotencias, desfallecimientos. La
relación consigo mismo se convierte en un problema, una dificultad o una
opacidad: se da a través del mal o del miedo, ya no hay nada inmediato, y
las mediaciones cansan.
La identidad vacía de un “yo” ya no puede
reposar en su simple adecuación de identidad, cuando se enuncia: “yo sufro”
se implican dos yoes extraños uno al otro (pero que sin embargo se tocan). En este “yo sufro” escindido, un yo rechaza al otro.
Yo termino/termina por no ser más que un hilo
tenue, de dolor en dolor y de ajenidad en ajenidad. Se llega a cierta
continuidad en las intrusiones, un régimen permanente de la intrusión: a la
ingesta más que cotidiana de medicamentos y a los controles en el hospital
se agregan las consecuencias dentales de la radioterapia, así como la
pérdida de saliva, el control de los alimentos y el de los contactos
contagiosos, el debilitamiento de los músculos y de los riñones, la
disminución de la memoria y de la fuerza para trabajar, la lectura de los
análisis, las reincidencias insidiosas de la mucositis, la candidiasis o la
polineuritis, y esa sensación general de no ser ya disociable de una red de
medidas, de observaciones, de conexiones químicas, institucionales,
simbólicas, que no se dejan ignorar como las que constituyen la trama de la
vida corriente y, por el contrario, mantienen
incesante y expresamente advertida a la vida de su presencia y su
vigilancia. Soy ahora indisociable de una disociación polimorfa.
Aquí también cabe preguntarse ¿Qué es lo que
acontece en la vivencia disociada del
trasplantando? Todos los
signos pueden oscilar, todos los puntos de referencia invertirse, sin
reflexión e incluso sin identificación de ningún acto ni de permutación
alguna.
¿Yo (quién), “yo”?; esta es precisamente la
pregunta, la vieja pregunta: ¿cuál es ese sujeto de la enunciación, siempre
ajeno al sujeto de su enunciado, respecto del cual es forzosamente el
intruso, y sin embargo, nuestra fuerza, de ese otro “yo” hemos recibido el
corazón, el corazón de otro.
Hace menos de cuarenta años atrás no se
hacían trasplantes, y sobre todo, no se recurría a la ciclosporina, que
protege contra el rechazo del órgano trasplantado. Dentro de veinte años
seguramente se practicarán otros trasplantes, con otros medios. Se produce
un cruce entre una contingencia personal y una contingencia en la historia
de las técnicas. Antes, ya habríamos muerto; más adelante seríamos, por el
contrario, unos sobrevivientes. Pero siempre ese «yo» se encuentra
estrechamente aprisionado en un nicho de posibilidades técnicas. Por eso es
vano el debate entre quienes pretenden que sea una aventura metafísica y
quienes lo conciben como una proeza técnica: se trata por cierto de ambas,
una dentro de otra.
Ahora bien, la posibilidad del rechazo nos
instala en una doble ajenidad: por una parte, la del corazón trasplantado,
que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno; por otra, la del
estado en que la medicina instala al trasplantado para protegerlo. Deduce
su inmunidad para que soporte al extranjero. Lo convierte, entonces, en
extranjero para sí mismo, para esta identidad inmunitaria que es un poco su
firma fisiológica.
Dr. Adolfo Vásquez Rocca.
Doctor en Filosofía por la
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense
de Madrid, Departamento de Filosofía IV, Teoría del Conocimiento y
Pensamiento Contemporáneo. Áreas de Especialización: Antropología y
Estética. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la PUCV, del
Magíster en Etnopsicología, Escuela de Psicología PUCV, Profesor de
Antropología y de Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la
UNAB. Profesor asociado al Grupo Theoria, Proyecto europeo de
Investigaciones de Postgrado. Director de la Revista Observaciones
Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net/. Secretario de Ejecutivo
de PHILOSOPHICA, Revista
del Instituto de Filosofía de la PUCV http://www.philosophica.ucv.cl/editorial.htm, Editor Asociado de Psikeba —Revista de Psicoanálisis y
Estudios Culturales, Buenos Aires— http://www.psikeba.com.ar/, miembro del Consejo
Editorial de Escaner Cultural
—Revista de arte contemporáneo y nuevas tendencias— http://www.escaner.cl/ y Director del Consejo
Consultivo Internacional de Konvergencias,
Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo.
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Jean Luc , Corpus, Ed. A.M.
Métaillié, París, 1992.
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2000 Traducción: Margarita Martínez, Buenos Aires,
Amorrortu, 2006, Colección Nómadas.
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