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ALEPH ZERO 46. Octubre -
Diciembre, 2007
Anti-psiquiatría
Deconstrucción del concepto de enfermedad mental
Adolfo Vásquez Rocca
Profesor de Antropología Filosófica, Escuela de
Medicina
Universidad Nacional de Buenos Aires
adolfovrocca@gmail.com
El discurso de la psiquiatría
Caracteriza a las disciplinas, cuando se consolidan, un lenguaje
propio. Tal lenguaje queda apropiadamente
caracterizado como discurso definido éste como el resultado de la
interacción, entre un lenguaje “natural” o corriente” y un hablante -o
usuario- orientado a ciertos fines.
Las disciplinas, en tanto discursos, no se sirven del lenguaje como
simple medio neutral de transferencia de contenidos. Están, literalmente, constituidas
por él.
Lo que llamamos “discurso científico” (o lenguaje “técnico”) no es
por tanto simple vehículo. Es un espacio
de representación colectiva en el cual se da la ciencia como actividad
humana. El trabajo de un profesional
de la ciencia o de aquellos que usan la ciencia como fundamento consiste en
una perenne reformulación de sus objetos.
De hecho, las disciplinas científicas pueden caracterizarse como
discursos que crean y re-crean los
objetos de los cuales “fabrican” enunciados. Estos arte-factos
se convierten, cuando el diálogo y la polémica fructifican, en factos.
Los “hechos” de la naturaleza suelen ser el resultado de disputas
zanjadas. Las “verdades” de la
ciencia no son el fundamento de las comunidades científicas. Las comunidades científicas son
comunidades de problemas y, sobre todo, de retóricas. Una físico
reconoce a otro físico por su modo de concebir y desarrollar enunciados
verosímiles sobre algún interés común.
Aún cuando esto aparezca plausible, las implicaciones no siempre
logran un acuerdo. Una de éstas es
la siguiente: es menester estudiar el discurso científico en tanto que
discurso, hay que reflexionar sobre sus orígenes y modo de constitución,
hay que aceptar que no es sólo un producto sino una fuerza productiva. La realidad es una narrativa
exitosa. Es aquello que se hace
hablando en una comunidad de reconstrucciones de objetos que sólo existen
en tanto se habla de ellos de una determinada manera.
Puede ser que la psiquiatría y otras disciplinas del hombre no sean
comparables a las ciencias que la tradición considera fundamentales. En ella son evidentes aquellos rasgos de
mutabilidad y obsolescencia que el historicismo indicó como propios de la
realidad social. Es, diríase, enorme el impacto de la cultura y la época en
la constitución de su vocabulario técnico y de su arsenal de
conceptos. Hay quienes quienes quieren equiparar su desarrollo al de una
disciplina de la naturaleza, como si en ella no ocurriera, al igual que en
la historia, que el objeto que parece constituirla es idéntico al lenguaje
que lo expresa. No pocos son los
ejemplos en los que una afortunada expresión abrió insospechados caminos a
la investigación y la práctica. No
escasos, tampoco, aquellos en que una palabra, por ese proceso que Lukacs llamara “reificación”,
se convirtió en cosa, “dio que hablar” y fundó subdisciplinas
y especialidades completas y hasta hizo pensar a los ingenuos que se
avanzaba en las profundidades de la realidad natural. Buen ejemplo del término fructífero fue
la voz esquizofrenia. Muchos
desvaríos ha causado el abuso del término
depresión.
El discurso del especialista no es más que una diferenciación, a
veces deformada, del lenguaje corriente.
Especialmente en las disciplinas cuya formalización discursiva no es
matemática y que basan su progreso en la acumulación y ordenamiento de
enunciados con contenido empírico.
La verosimilitud, que no es la verdad, es el logro de la
ciencia. Sus instrumentos se
perfeccionan en dirección a la retórica convincente, el argumento
redondeado y elegante, a la precisión.
Pero sería erróneo pensar que es otro lenguaje
Dialecto, código, registro.
¿Se trata entonces de un dialecto?
Dialecto es el lenguaje compartido por un grupo que no
necesariamente es homogéneo, aunque sí puede compartir una región. ¿Será acaso un código? El código se caracteriza por la
correlación entre cambios del mensaje y tipo de rol social. Y finalmente, ¿no será más bien un registro,
una moralidad del discurso corriente, que especifica una particular
situación comunicativa?
Parece útil y, sobre todo, provocativo este último punto de
vista. La misma expresión en boca de
un profano carece del peso que tiene si es dicha por un experto. Supongamos que alguien rotula a un
individuo de “demente”. Obviamente,
la “verdad” no interesa para poner en marcha, por ejemplo, el sistema de
atención médica. Sólo la
reconstrucción técnica de lo designado por el vocablo es válida socialmente. Y ello, en virtud de ser el término usado
por alguien que “sabe”. Saber, en
este caso, suponer haber sido “socializado” en usos específicos de los
vocablos en contextos determinados.
Participar, en rigor, de una tradición que avala el uso y el contexto.
Innumerables perspectivas se ofrecen al estudio. Piénsese, por ejemplo, cómo cambia.
El trabajo de investigación, en cualquier disciplina, consiste en
construir significados o, lo que es casi idéntico, inventar objetos para
hablar de ellos. El lenguaje es la
realidad constitutiva esencial de toda ciencia y también de toda práctica
social. Una y otra se perpetúan por
la enseñanza, que es la reconstrucción perenne de los significados
sociales. Aún aquellas actividades
no científicas -como muchas de las que integran la práctica de la medicina-
reciben el influjo de las armonías de la cultura, que son las obras de
ingenio.
Hacer del discurso de la psiquiatría el punto central de la
indagación, estudiarlo en sus mutaciones y en sus permanencias, no significa
otra cosa que detenerse en su opacidad.
Para los hispanoparlantes, ésta es tarea
tan importante como insertarse con dignidad en la tradición tecnocrática.
Los usos determinan el pensar.
Muchos usos de la ciencia psiquiátrica de frontera no son
ajenos. Se han gestado en otras realidades, responden a
distintos desafíos. Su impronta en
el lenguaje nos obliga a veces a decir lo que no queremos, o a querer, lo
que no decimos. Espera, en embrión,
una psiquiatría latinoamericana que no sea simple recuerdo ni tampoco
soberbia ignorancia y pintoresco localismo.
Esa “ciencia solitaria” no se
basará en la negación de sí ni en negación de otras. Debe basarse sobre un diálogo de
permanente reconstrucción. Para
hacerla, es menester detenerse en su discurso, que la expresa y constituye.

El concepto de
enfermedad mental
La teoría de la enfermedad mental es
científicamente imprecisa y su estatuto esta aún por definirse. La
psiquiatría como institución represora es incompatible con los principios
de una sociedad democrática y libre,
y debe ser abolida. Al negar la validez científica de la teoría de la
enfermedad no se esta negando la realidad de las enfermedades neurológicas,
la locura, el crimen, el consumo de drogas y los conflictos sociales.
El concepto de enfermedad mental tuvo su
utilidad histórica pero es, en la actualidad, científica y médicamente
anticuado, y moral y políticamente dañino por las razones que veremos en
este artículo.
Thomas Szasz
En 1961, Thomas Szasz,
médico psiquiatra, psicoanalista y
actualmente Profesor Emérito de la Universidad del Estado de New York, publicó “El mito de la enfermedad mental”, que
inició un debate mundial sobre los denominados trastornos mentales. Szasz anota que la mente no es un órgano anatómico como el corazón o el
hígado; por lo tanto, no puede
haber, literalmente hablando, enfermedad mental. Cuando hablamos de
enfermedad mental estamos hablando en sentido figurado, como cuando alguien
declara que la economía del país está enferma. Los diagnósticos
psiquiátricos son etiquetas estigmatizadoras aplicadas a personas cuyas
conductas molestan o ofenden a la sociedad. Si no
hay enfermedad mental, tampoco puede haber hospitalización o tratamiento
para ella. Desde luego, las personas
pueden cambiar de comportamiento, y si el cambio va en la dirección
aprobada por la sociedad es llamado cura o recuperación.
Por consiguiente, las intervenciones
psiquiátricas deben ser definidas con claridad como voluntarias o
involuntarias. En las voluntarias, la persona busca la ayuda del
profesional movida por sus problemas. Típicamente, el individuo es un beneficiario de la
intervención del psiquiatra. En las involuntarias, la sociedad impone la
intervención. Típicamente, el individuo es una víctima de la acción del
psiquiatra, en tanto que la sociedad(la familia)
es la beneficiaria. La psiquiatría involuntaria es incompatible con los
principios de una sociedad democrática y libre, y debe ser abolida.
La fabricación de la
locura
En 1970,
Szasz publicó “La fabricación de la locura:
Estudio comparado de la Inquisición y el Movimiento de la Salud Mental”, un
monumental estudio histórico dedicado a demostrar que-con el declinar de la
cosmovisión teológica y del poder del
Estado Teocrático(la alianza del Estado y la Religión), y el ascenso
de la cosmovisión científica y del poder del Estado
Terapéutico(la alianza del
Estado y la Medicina y, en particular, la Psiquiatría-, el mito
teológico de la herejía fue remplazado por el mito científico de la enfermedad
mental, la persecución de brujas y herejes por la persecución de pacientes
mentales y drogadictos, y la poderosa burocracia papal de la Inquisición
por la poderosa burocracia estatal de la Psiquiatría Institucional.
En esta obra, que dio inicio a la nueva
disciplina de la historia crítica de la psiquiatría (junto con la “Historia
de la locura en la Era Clásica”, de Michel Foucault), Szasz define también los dos tipos de psiquiatría: la
institucional y la contractual.
La Psiquiatría Institucional comprende todas
las intervenciones impuestas a las personas por los demás. Estas
intervenciones se caracterizan por la completa pérdida, por parte del
denominado paciente, del control de la relación con el psiquiatra. Su aspecto económico más importante es que
el psiquiatra es un empleado pagado por una entidad privada o pública. Su
característica social más destacada es el uso de la fuerza o del engaño.
La Psiquiatría Contractual comprende todas las
intervenciones psiquiátricas buscadas por las personas, motivadas por sus
dificultades o problemas. Estas intervenciones se caracterizan por la
completa retención, por parte del llamado paciente, del control de la
relación con el psiquiatra. Su aspecto económico más importante es que el
psiquiatra es un profesional privado pagado por la propia persona(en nuestros días, la situación se complica por
la existencia de los seguros médicos). Su característica social más notoria
es la evitación de la coacción o del engaño.

¿Qué entendemos por
enfermedad mental?
Al negar
la validez científica del concepto de trastorno mental no se esta negando la realidad de los
fenómenos a los que, de modo impreciso -mucha gente- tanto profesionales
como legos, llama enfermedades mentales. ¿Cuáles son estos? Por lo general,
nos referimos a los siguientes:
- Alteraciones involuntarias de conducta(por ejemplo alucinaciones, depresión,
euforia, confusión, pérdida de la memoria y de la orientación
tempo-espacial, y cambios importantes de la conducta o la
personalidad) por enfermedades endocrinas, infecciosas, metabólicas,
neurológicas o de otro tipo.
Pero estas no son
enfermedades mentales sino tan sólo enfermedades -como cualquier otra-
pertenecen al ámbito de competencia de la medicina en general.
- La locura, ahora llamada esquizofrenia, o paranoia , o psicosis, u otro término
psiquiátrico. La literatura
sobre la esquizofrenia, considerada la más grave de las tales
enfermedades mentales comprende ahora miles de publicaciones que
adolecen de un serio error epistemológico: hablar de la esquizofrenia
como si fuese una enfermedad genuina como la diabetes cuando, en
realidad, se trata de un insulto psiquiátrico que justifica el internamiento forzado
de los locos.
Por otra parte, los psiquiatras llevan un siglo
alegando que la esquizofrenia es, en realidad, una enfermedad cerebral. Si es así, ¿por
qué sigue siendo definida como una enfermedad mental y tratada por
psiquiatras en vez de por neurólogos? Con relación a las anormalidades
detectadas mediante técnicas de imagenología diagnóstica
en los cerebros de los llamados esquizofrénicos, surgen enseguida dos
inquietudes:
a)
¿Esas anomalías son causa o consecuencia de la conducta anormal?
b) Si
la esquizofrenia es una enfermedad del cerebro como, digamos, la enfermedad
de Parkinson , o la enfermedad de Alzheimer, o la esclerosis múltiple, ¿ cómo es que en
muchos países hay leyes especiales de salud mental que obligan al
internamiento o al tratamiento forzado de los llamados esquizofrénicos? Que
yo sepa, no hay leyes especiales para
el tratamiento coercitivo de las pacientes con Parkinson, Alzheimer
y esclerosis múltiple.
Al señalar que la esquizofrenia es parte del
mito moderno de la enfermedad mental, tampoco estoy negando la existencia
de la locura. De hecho, la locura abunda dentro y fuera de los manicomios(
ahora llamados hospitales mentales). Lo que estoy cuestionando es la
veracidad científica de categorizarla y tratarla como una enfermedad legítima
tan curable como una apendicitis o una neumonía. La locura, en su sentido
clásico y literario, es más bien un asunto personal (locura individual) o
político (locura colectiva).
3.- El
crimen y la violencia. El concepto psiquiátrico del crimen surgió en
el siglo XX con la publicación de
“El criminal, el juez y el público”(1929), de F.
Alexander y H. Staub. Para estos autores, había
dos clases de criminales: el normal y el anormal. Para el normal la
penalidad tradicional era suficiente, en tanto que, para el anormal,
Alexander y Staub recomendaban la abolición de
los castigos y la implantación de tratamientos psiquiátricos.
Es importante tener en cuenta que esta tesis
nació en la época del ascenso al poder de las ideologías totalitarias de la
Italia fascista, la Alemania nazi y la Unión Soviética comunista, en las
que los psiquiatras estaban dispuestos a cooperar con gobiernos
dictatoriales en la represión de los ciudadanos.
Por su parte, Thomas Szasz, desde la
publicación de “El derecho, la libertad y la psiquiatría”(1963),
ha advertido que la Psiquiatría
Institucional se ha convertido en una agencia represiva de control
social .
Esta psiquiatrización del crimen ha dado origen al mito del
paciente mental peligroso: con bastante frecuencia los medios masivos de
comunicación informan sobre un crimen al
que, enseguida y tras la entrevista a un psiquiatra o psicólogo, se
le endilga el calificativo de trastorno mental. Aunque no hay ninguna
evidencia de que los llamados pacientes psiquiátricos son más peligrosos
que los normales (la situación actual apunta más bien a todo lo contrario),
el mito del paciente mental peligroso se resiste a morir.
4. -
El consumo de drogas legales e ilegales. Aunque la humanidad ha usado(y abusado de) drogas tales como el alcohol, la
coca, la marihuana, el opio y sus derivados, y el tabaco durante siglos, el
llamado problema de la droga, o drogadicción, o farmacodependencia,
o abuso de drogas fue una creación
del siglo XX con la promulgación de las primeras leyes antidrogas , y la
inclusión del uso de ciertas drogas en la lista oficial de trastornos
mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana. Hasta ese entonces, no
teníamos el llamado problema de la droga, ni la palabra drogadicción tenía
la connotación peyorativa que hoy tiene. (De hecho, adicción quiere decir
apego, dedicación como cuando decimos que Fulano es adicto al Partido
Liberal, o Mengano es adicto al catolicismo).
Décadas más tarde, la guerra antidrogas,
supuestamente ejecutada para erradicar el consumo, es llevada a cabo con
tanta insensatez y ferocidad que sus terribles consecuencias(un
ambiente de persecución
inquisitorial, criminalidad,
corrupción, daño ecológico y toxicidad agregada por la impureza) han
terminado por afectar a toda la sociedad.
Pero en vez de atribuir estas nefastas consecuencias a la ilegalidad
y la guerra, los gobiernos las achacan a las drogas ,
los drogadictos y los traficantes.
Por mi parte, sugiero que prohibir ciertas
drogas porque su abuso puede ser dañino para la salud es tan sensato como
prohibir los automóviles porque su abuso puede ser perjudicial para la
salud, y postulo que la guerra antidrogas nos está
haciendo más daño que la denominada drogadicción. Por consiguiente el
asunto no es cómo acabar con las drogas y los drogadictos sin cómo acabar
con la persecución y la guerra.
5. - Los conflictos personales e interpersonales.
Por último, cuando seguimos hablando de trastornos mentales, tenemos en
mente otros tipos de hechos: los conflictos personales e interpersonales
tales como la angustia, el desempleo, las dificultades o desviaciones
sexuales, la discordia marital o familiar, la estupidez, las fobias, la
incultura, las inhibiciones y demás
problemas de la condición humana. Se piensa entonces que la vida es armónica y que los conflictos son
causados por psicopatologías
subyacentes que es preciso curar para ser felices. Esta es la versión pseudocientífica
actual de la psiquiatría y la psicología clínica
convencionales. No obstante,me parece más
realista aceptar de una vez por todas que la vida es, en sí, una ardua
tragicomedia, y que lo que llamamos salud mental(que prefiero llamar virtud
o salud espiritual) es un largo y tortuoso camino de aprendizaje cotidiano.
La historia de la ciencia está llena de teorías
y modelos que fueron descartados una vez que se lograron avances que
permitieron un conocimiento preciso de los fenómenos. No veo por qué no va
a ocurrir lo mismo con la teoría de la enfermedad mental. Nos corresponde a
los científicos la responsabilidad social de revisar crítica y constantemente el
estado de nuestros conocimientos para así
ponernos al día en nuestra labor.
La teoría de la enfermedad mental tuvo,
pues, su utilidad histórica hasta el
siglo pasado pero es, en la actualidad, científica y médicamente anticuada
pues permite diagnosticar y tratar como
enfermos mentales a pacientes con enfermedades cerebrales o de otro
tipo que cursan con trastornos involuntarios de conducta; y es moral y
políticamente dañina porque se ha vuelto una cortina de humo para toda una
serie de problemas económicos, existenciales, morales y políticos que,
estrictamente hablando, no requieren terapias médicas sino alternativas
económicas, existenciales, morales y políticas.
Referencias
-
Szasz, T.S.
“The Myth of Mental Illness”, 2nd edition. New York: Harper & Row, 1974.
-
Szasz, T.S. “The Manufacture of Madness: A
Comparative Study of the Inquisition and the Mental Health Movement.” New York: Harper & Row; 1970.
Adolfo Vásquez Rocca
Doctor en Filosofía por la
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad
Complutense de Madrid, Departamento de Filosofía IV, Teoría del
Conocimiento y Pensamiento Contemporáneo. Áreas de Especialización
Antropología y Estética. Profesor del
Programa de Postgrado del Instituto de Filosofía de la PUCV, del Magíster en Etnopsicología -Escuela de
Psicología PUCV, Profesor de Antropología Filosófica en la Escuela de
Medicina de la UNAB. Director de la Revista
Observaciones Filosóficas http://www.observacionesfilosoficas.net
Secretario de Redacción de PHILOSOPHICA, Revista del Instituto de Filosofía
de a PUCV, Editor Asociado de Psikeba, Revista de
Psicoanálisis y Estudios Culturales,
Buenos Aires y de la Revista de Antropología Médica, UNAB. Miembro del
Consejo Consultivo Internacional de Konvergencias,
Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo, Argentina. adolfovrocca@gmail.com
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